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FRANCISCO UMBRAL
Como la Muerte de un ciclista de Bardem (que hace poco volvimos a ver por televisión), la «muerte» (venturosas comillas) de un periodista ha dado lugar a toda una crónica social de la que ya se han sacado algunas consecuencias. A mí, la primera que se me ocurre, aunque tarde, es que el macho humano es especie que no se reproduce en cautividad.
La hembra tampoco, sólo que ellas se lo hacen mejor, no dejan la casa al ventestato cuando huyen, no hacen llamadas enigmáticas a los periódicos (he visto a una tirar la motorola por el retrete: la motorola sirve para controlar, pero sobre todo te controla a ti). Ahora que se bendicen laicamente las parejas de hecho, habría que bendecir realmente a las parejas de vuelo corto, amores de un mediodía desertizado, más las nerudianas «tardes del adúltero», las noches hertzianas del hombre orteguiano que trabaja y juega (también un poco dorsiano), las estampidas unipersonales de la libertad, tan reprimidas y mal vistas en una época liberal como ésta. Mientras nos escandalicemos por cosas así, desde Mayor Oreja a las puris de la radio, es que seguimos siendo un pueblo de talibanes. Finalmente, el macho bravío, pugnaz y armado, vuelve a la tribu de las buenas costumbres, a la isla de las palas de pescado, y son miles cada noche, millones cada mañana, como en una «rapa das bestas» que deja a los hermosos caballos metafísicos, humanos y hasta columnistas, reducidos a domesticidad y laboreo.
Ellas, ya digo, quizá por talibanizadas desde hace siglos, siguen usando la cancela de Romero de Torres, el abanico de Lady Windermere, la navaja eléctrica en la liga tricolor, y caído se le ha un clavel hoy a la aurora del seno, qué glorioso que está el heno porque ha caído sobre él: solución: el polvo. Don Luis de Góngora y Argote, racionero cordobés, ayuda mucho a las damas de hombres en estos trances, como ha ayudado a la cordobesa Gema, que caído se le ha un clavel y a punto está el otro, como no acuda pronto al wonderbra o el siliconazo. Lo cual que las chais se va arreglando, pero cuando el pobre macho pega el rabotazo, toma el portante hacia el Sextante, con equipaje de whisky y el pecho alto de canciones, ocurre que las mujeres de la tribu, las chancillerías internacionales, los cesantes del CESID, los etarras oficiosos, espontáneos, las radios de urgencia y detergente montan el cerco, hacen la rueda, cercan al oso, hinchan el perro, persiguen la noticia, agravan la desinformación, acosan al garañón en celo, aunque sea primero en la garañonería literaria, y cortan por lo insano ese brote incontrolado, orfeónico y hermoso de la libertad que nuestra Constitución condena como libertinaje. Encima, ellas no escriben letrilla gongorina (que bien pudiera ser de Lope: por esa época andaban los dos áureos imitándose uno al otro).
Los machos heridos hacemos madrigales navideños a la amada. La hembra herida, mucho más práctica, llama a la policía. Qué hermosas arrancadas hacia la libertad política, sexual, municipal, hemos corrido todos con prisa en la hombría y versos en la frente, para volver al fin, más bien pronto que tarde, a la majada mansueta, a la paz honda, a los alegres tanatorios dominicales de la ley, el Derecho Canónico, el paraíso de los postres, el trabajo inútil, el miedo y la conducta. Estas sociedades libres en seguida dan caza al que va por libre. Un beso, viejo lobo.
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